Catástrofe climática y libertad

El 10 de agosto, día que entra en vigor el decreto-ley de ahorro energético, a primera hora de la tarde me voy al cine. En la calle casi me derrito, pero en el autobús que me lleva la temperatura es algo más piadosa. En la taquilla del cine, una sobria nota explica que a partir de ese día, el aire acondicionado estará a 27 ℃ y, en invierno, la calefacción no subirá de los 19 ℃.

Después del bochorno de la excursión, en la sala no hace ni demasiado frío ni demasiado calor, se estaba bien (Ricitos de Oro, la de los tres ositos, estaría muy contenta). No sudas y no necesitas ni chaqueta, ni chal, ni calcetines —años atrás, si en verano no ibas al cine preparada, te congelabas—. Al día siguiente voy a hacerme una analítica al Hospital Clínic, también están a 27 ℃; pregunto a la enfermera que me realiza la extracción y me dice que bien, que es una buena temperatura. Paso por el mercado del Ninot y la temperatura también está bien templada.

Pienso que el decreto debería haber entrado en vigor hace 20 o 25 años y quizás ahora no estaríamos como estamos con la catástrofe (llamarle «cambio» es un peligroso y perverso eufemismo) climática encima. Por mucho que intento militar, concienciarme y hacer esfuerzos para rebelarme, no consigo verlo como una imposición autoritaria ni sentirlo como un ataque a mi libertad.

La misma que está usando la «libertad» que ella sí tiene para hundir la educación pública y hacer caridad a la gente rica subvencionándole obscenamente colegios privados

Pobres habitantes de Madrid. Por un lado, la gente que cree, en el peor estilo José Mª Aznar que la «libertad» es tomarse las copas de vino que le apetezcan antes de ponerse a conducir. Por otro, la gente que sufre la «libertad» de no ver apagarse ni una luz ni un escaparate, de no bajar el aire acondicionado preconizada por la misma presidenta que hace unos meses para ahorrar energía decidió reducir un 10% la frecuencia de paso del metro de Madrid. No es fácil que ella tenga que cogerlo.

La misma que está usando la «libertad» que ella sí tiene para hundir la educación pública y hacer caridad a la gente rica subvencionándole obscenamente colegios privados; la misma que la está usando para oponerse a cualquier ley progresista y para aniquilar la sanidad pública, la misma que envió a viejas y a viejos a una muerte segura privándoles liberalmente de asistencia médica. Libertad a la madrileña. Pobre gente, la sometida a este tipo de libertad. Por suerte vivo en una ciudad poco «pujante». (Y además una amiga mía desde que ha llegado no para de encontrarse a su ex.)

El drama no es que Putin corte el grifo del gas; la tragedia es que no sea la Comunidad Europea la que le cierre el grifo

Aún en pandemia, no sé si ya se ha logrado uno de los aprendizajes básicos como es el de tener la capacidad de fabricar mascarillas (que no debe de ser tan difícil), y así podernos ir preparando para cuando vayan apareciendo todos los virus que esperan pacientemente en fila india para ir entrando.

En esta misma línea y en plena guerra de Rusia contra Ucrania, el drama no es que Putin corte el grifo del gas; la tragedia es que no sea la Comunidad Europea la que le cierre el grifo porque no acepte comprarle más gas y así de paso deje de subvencionarle la guerra. Hasta aquí hemos llegado.

Volvamos a los maléficamente catastróficos aires acondicionados ahora a microescala. Cerca de donde vivo también hay quien tiene una idea peregrina de la libertad. Pienso en un supermercado Jespac bastante nuevo que ha puesto un potente sistema de refrigeración para que dentro la gente se congele y compre y compre cómo si se acabará el mundo y se permite la libertad de enviar a la calle la horrorosa vaharada de calor que paradójicamente generan sus máquinas de hacer frío.

Pienso en el restaurante de postín Compartir recién abierto en Barcelona; cuando pasas por delante se desata un auténtico infierno. Otra libertad muy mal entendida: que comparta el fresquito la gente que puede pagarse lo que se come dentro; que la gente de fuera comparta el aumento de calor que genera el restaurante. Que se muera la calle. Ambas empresas (y muchas otras) se conceden la libertad de empeorar la catástrofe climática. Sinvergüenzas.

No sé si el Ayuntamiento tiene nada que decir ante esa subida forzada de la temperatura ambiental, ante este ataque a los árboles —una de las joyas de Barcelona— ante ese desprecio y ese insulto a la gente que va por la vía pública.

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