El género más noble, el sexo más ruin. Trabajos forzosos

La doctora Mercedes Bengoechea, el pasado noviembre en una sesión de un curso de doctorado organizado por la Universidad de Zaragoza, hacía notar que para concluir una frase como la siguiente: «Una habitación con el techo y las paredes blancas», nadie usaría el adjetivo «blancos» por mucho que se diga que el color debería concordar con el masculino singular «techo».

Realmente que extraña quedaría: «Una habitación con el techo y las paredes blancos». Viene a cuento recordarlo porque dos partidos de derechas, Junts y el PP, se han confabulado en el Senado para retrasar la entrada en vigor de la Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual (más conocida como ley del «sólo sí es sí») promovida por el ministerio de Igualdad. ¡Y tanta falta que nos hace!, en este artículo se puede leer algunas de las bondades que incluye. Hay un párrafo que dice así:

En tanto el capítulo II prevé el desarrollo de protocolos y formación para la detección de las violencias sexuales en tres ámbitos fundamentales: el educativo, el sanitario y el sociosanitario, con el fin de identificar y dar respuesta a las violencias sexuales más ocultas, como la mutilación genital femenina, la detección de casos de aborto y esterilizaciones forzosas.

Junts ha propuesto embarrar su redacción y cambiar el último adjetivo por el masculino «forzosos» (de hecho ya se había contemplado) alegando que, si no, no quedarían incluidos los abortos forzosos. Si ya es dolorosísimo constatar que las mujeres seguirán más tiempo menos defendidas y menos protegidas contra la violencia sexual por culpa de esta pataleta, el dolor se incrementa cuando vemos que los medios hablan de error gramatical y de errata.

Vayamos al caso. No parece descabellada esta concordancia del subtítulo de un artículo del 2016.

Entre las víctimas hay numerosas mujeres y niños, que se habían reunido en el lugar con sus familias para celebrar la Pascua

Ni ésta, de 2022, que, como la anterior y pese a la concordancia en femenino ni es ambigua ni deja fuera a nadie.

Es una auténtica vergüenza que permitamos esa situación de terror en la infancia. Y que nos llevemos la manos a la cabeza con la violencia vicaria. Muchas niñas y niños han sido violadas y asesinadas por padres que habían sido condenados por maltrato pero a los que se permitía llevarse a sus hijos. Solo hay conciencia cuando estalla así la tragedia de la violencia final.

Veamos una con la presunta palabra neutra-masculina «alguien» de un artículo de 2010.

«Sin duda, es una de las grandes filántropas españolas, con un sentimiento católico muy enraizado. Ella pensaba que le iban a pedir cuentas cuando muriera y que tenía que estar preparada para este momento», afirma rotunda alguien que la conoció muy de cerca.

Pilar Pérez Ramírez. «Los Bill Gates españoles». Capital, 20, enero 2010

También las hay con «cualquiera»:

—Bah, eso no es nada. Cualquiera puede ponerse histérica —señaló Clarissa con imprudencia. El inspector la miró suspicaz y ella le dedicó su sonrisa más inocente.

Agatha Christie. La telaraña. Trad. Sonia Tapia. Barcelona: Plaza y Janés, 2000

O con «quien», en un artículo del Babelia del 2007.

Desde el comienzo, una tarde a mediados de septiembre en la terraza del antiguo Doria, ya se intuye y más tarde se comprueba y se certifica que sí, que Una vida en la calle va a ser una novela muy especial, y no sólo porque quien la lee quede atrapada por esas disquisiciones primeras y ciertamente delirantes sobre las estatuas.

María José Obiol. «Babel de tiempos», El País, Babelia, 7.07.2007

También en un artículo de 2007, muy naturalmente la proximidad ha hecho que concordase en femenino.

Lo mismo se puede decir de los trabajos de Ursula Biemann, Angela Melitopoulos, Oktay Ince y Lisa Parks: tratan de hacer visible lo invisible. […] Precisamente, los autores y autoras mencionadas descubren la batalla por la imagen y por la narración.

Manuel Asensi Pérez. «La visita. La batalla por la imagen», Culturas, 250 de La Vanguardia, 4.04.2007

Podríamos seguir y seguir e ir viendo que ni confusión, ni ambigüedad, ni nada de nada, pero puesto que hablamos de concordar por proximidad, vemos dos versos del Athalie (1691) de Jean Racine (1639-1699).

Sobre todo pensé que debía a las lágrimas, a las plegarias,
Consagrar estos tres días y estas tres noches enteras.

Racine concuerda siguiendo la regla de proximidad. A pesar de los malévolos rumores, no es una regla que se hayan inventado las pérfidas feministas. Se sabe que en griego antiguo, el adjetivo de sustantivos de géneros diferentes no se ponía sistemáticamente en masculino, como ocurre hoy (con excepciones cada vez más numerosas) en las diferentes lenguas románicas, sino que coincidía con el sustantivo más cercano. En latín ocurría lo mismo. En Francia, que lo han estudiado en profundidad, citan la Chanson de Roland (siglo xi) como ejemplo de esta regla. Esta, útil, hermosa y vieja norma se usa hasta el siglo xvii e incluso en el xviii.

En la época en la que se creó la Academia Francesa, la regla de proximidad estaba muy arraigada pero fue objeto de debate. No le gustaba al poeta François de Malherbe (1555-1628) pero sí al gramático Claude Favre de Vaugelas (1585-1650), uno de los primeros miembros de la Academia. Vaugelas recomienda, por ejemplo, escribir «corazón y boca abierta».

La norma que precisaba que el masculino prevalece sobre el femenino acaba imponiéndose en el siglo xviii por motivos que poco tienen que ver con la lingüística y mucho con la supremacía masculina: «Cuando los dos géneros se encuentran, debe ganar el más noble», dice el abad Dominique Bouhours en 1675 y dos años después, en un alarde de exquisita galantería, el gramático Nicolas Beauzée lo remacha con un argumento de gran peso lingüístico: «El género masculino tiene fama de ser más noble que el femenino por la superioridad del macho sobre la hembra».

Quizás ha llegado el momento de despolitizar la lengua, volver a la tradición y dejar de violentarla con la peregrina imposición de que el masculino debe prevalecer sobre el femenino por su mayor nobleza.

Ello haría que pudiéramos analizar errores reales de concordancia como este adjetivo masculino «concordando» con dos sustantivos femeninos.

Finalmente, la diputada y su fa­milia eran evacuados.

«‘Pensábamos que era nuestro último día’. La diputada Lourdes Muñoz lamenta a su llegada a Barcelona la falta de información previa al huracán». Raúl Montilla. El Prat. La Vanguardia, 8.09.2005

Vuelvo a Francia porque es bueno acabar con las sabias palabras de la lingüista Marina Yaguello en su imprescindible ensayo Les mots et les femmes (1978): «La lucha por la igualdad, por la libertad, implica una lucha contra el lenguaje del desprecio».

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