Almudena Grandes, corazón ardiente

Para recordar y celebrar a Almudena Grandes, muerta prematuramente y de quien ya siempre añoraremos un sexto episodio, me fijo en algunos detalles de los mecanismos de lengua —la savia de la literatura— que utiliza para hacer avanzar tramas, explicar el mundo y explicarse.

Voy a uno de sus mejores libros —germen quizás de la serie de episodios de una guerra inacabable—, a El corazón helado (2007), para destacar este fragmento.

Sí, bueno, papá tenía invertido un dinero, aquí no pone cuánto, en unos fondos con desgravación fiscal. Y este señor quiere saber si te interesa recuperar el capital o reinvertirlo en otros que, naturalmente, según él, ahora son mucho más ventajosos, etcétera. Te lo puedes figurar.

—¿Y cómo se llama?

—¿Este señor? —mi madre asintió—. Pues R. Fernández Perea. No sé, Ramón, Ricardo, Rafael…

—No lo conozco.

—o Roberto —apuntó Clara.

—o Remigio —añadí yo, y mi hermana se echó a reír, pero la mirada de impaciencia de su madre la disuadió de seguir jugando.

Unas cuarenta de páginas después, la visita se concreta y el enigma se resuelve.

—Buenos días. Vengo a ver al señor Fernández Perea.

Ella, una mujer de cincuenta y muchos, muy pintada y bastante gorda, dejó el pitillo que se estaba fumando en un cenicero donde, a pesar de la hora y del símbolo que indicaba, justo encima de su cabeza, que estaba prohibido fumar, había ya tres colillas, y me dedicó una mirada hostil.

—La señora —dijo.

—¿Perdón? —pregunté, sin tener ni idea de lo que me estaba diciendo.

—La señora Fernández Perea —me aclaró—. En este momento no está casada pero no le gusta que la llamen señorita. Yo estoy soltera y tampoco me gusta.

—¡Ah! Lo siento —dije, como si hubiera hecho algo por lo que debiera disculparme, y me sentí tan mal conmigo mismo por pedir perdón, que saqué la carta del bolsillo y se la enseñé—. En esta carta no figura su nombre completo, y tampoco he podido deducir del texto que se tratara de una mujer. […]

Es el tercer despacho a la izquierda. Encima de la puerta hay una placa con el nombre —hizo una mueca parecida a una sonrisa, elevando apenas las comisuras de los labios—. Completo.

Es difícil imaginar una manera más solvente de mostrar que en general cuando oímos o leemos un apellido, por puro machismo, nos imaginamos por defecto a un hombre detrás. Tiene derivaciones muy diversas, por ejemplo, que en el lenguaje académico —tan alejado del de una novela—, en las bibliografías no sea tan sólo pertinente sino justo y necesario escribir con todas las letras el nombre de pila de las autoras y autores al menos hasta que dejemos de tener una mente tan retorcida.

O de reivindicar con una sola frase la abolición de la palabra señorita, una forma tan poco pertinente de separar en dos grupos a las mujeres que, por cierto, no soporta la norma de la inversión.

Podría citar también la buena costumbre lingüística de utilizar el determinante una si la que habla es una mujer, por muy universal y también atribuible a un hombre que sea la experiencia de la que habla.

Debe de ser extranjera, dijo alguno, y todos pensamos, pues claro, eso debe de ser. Después, ya no. Después… Bueno, yo nunca he hablado mucho con ella, pero sólo con que te dé los buenos días, ya se da una cuenta de que no es extranjera, de que es de aquí.

Extraña forma de aproximarme a la oceánica literatura de la madrileña. Porque Almudena Grandes era intensamente de Madrid (se enorgullecía de que la ciudad no hubiera tenido ni Juegos Olímpicos ni ninguna Exposición Universal), de eso no cabe la menor duda y ser la chulapa que era quizás es la causa de que se centrara en lo que ocurría en el centro y le costara contemplar ninguna otra historia ni tradición ni otra manera de ser republicana dentro del Estado en que nos ha tocado vivir; que la hiciera olvidar las lenguas que no son el castellano cuando trasladaba la narración a geografías periféricas.

No importa ante el meritorio torrente, no sólo de libros, sino de episodios, de historias y de subtramas, que incluye cada libro. Obra que muestra el derecho y el revés del tejido de una sociedad, de un mundo, de una época; por ejemplo, insinuando, a pesar de todo y del plomo, la presencia y la existencia de unas lesbianas en una de sus tramas, dibujando tantos personajes perdedores, sin olvidar nunca, de todos modos, lo que se gana perdiendo, o la plenitud de unas contundentes y bellas historias de amor.

Quizás puede extrañar, pues, la forma elegida de acercarme a la literatura de Almudena Grandes pero, mira por dónde, soy mujer, soy lingüista y nunca tengo bastante.

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