Con esta inteligencia, apañadas estamos

Hi, A.I. de Isa Willinger (Alemania, 2019)

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

«Hombres necios que acusáis». Sor Juana Inés de la Cruz

Hi, A.I. de Isa Willinger es un documental pavoroso sobre el futuro de la inteligencia artificial. Willinger lo articula con ligeras pinceladas de algunas de las tareas realizadas por robots utilitarias (uso el femenino porque todas son hembras) como recepcionistas, etc. y sobre todo a partir de dos hilos conductores: la robot Harmony y el robot Pepper. Auguro que, tal como van las cosas y el mucho sexo que les hacen encarnar, cuando hablemos de robots, no tendremos más remedio que anteponerles una «la» o un «el».

La robot Harmony es comprada por un tejano y, para irse conociendo, se la lleva de vacaciones en caravana. La robot se caracteriza por una voluminosa delantera, unos labios hinchados tirando a tumefactos, ojos de muñeca y rubia melena. Ahora bien, tal vez lo más notable y que no deja dudas sobre la intención de quien la ideó y de quien la compró es que es paralítica; es decir, está permanentemente espatarrada (como si estuviera escocida) para que su propietario pueda follársela a gusto y cómodamente; hasta el punto de que cuando una noche la quiere a su lado en una romántica cena a la vera de una fogata la tiene que llevar a cuestas o en silla de ruedas. Se ha renunciado a una capacidad robótica preciada: desplazarse. Los tacones de aguja que lesionan los pies de las mujeres y dificultan su andar llevados al paroxismo del último extremo.

Nunca sor Juana Inés de la Cruz habría podido imaginar como serían de proféticos y literales esos dos versos:

Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Los versos son una radiografía de la distopía que la robot Harmony retrata. El nombre es toda una declaración de principios; siempre reinará la armonía entre ella y su amo. Le puede extraer la cabeza del cuerpo (como tantos artistas hicieron y hacen en tantas esculturas y pinturas), le puede quitar la peluca y disfrutar peinándosela. Vestirla y desnudarla. Ponerle un plato de comida delante (que no tocará). Cuando quiera, puede desconectarla o enmudecerla para que la robot no le abrume con la cantidad de datos sin alma que recita monótona y uniformemente a la que caza al vuelo una palabra clave. (En una nueva versión, tal vez ya no le incluirán tantos datos inútiles y a todas luces prescindibles.)

Por otro lado, tenemos al robot Pepper de la señora Sakurai; un regalo de su hijo para que le haga compañía. Más que servicio le dará trabajo porque el robot por problemas de lengua, de traducción o porque es un mentecato y un simple, no da una, y, a su edad, la señora Sakurai y eventualmente su hermana (que sólo quieren que alguien les dé la mano) le tendrán que educar como hicieron con hijos y nietas. Si incluso son ellas las que le cantan canciones para su solaz. Curiosamente, el robot, de quien no se ha querido ocultar que es una máquina en acabados y detalles, es mucho más humano que la robot Harmony. Quizás porque se equivoca; quizás simplemente porque le ponen una camisa (y de vez en cuando se le cambian).

Sor Juana Inés de la Cruz no está sola. En un libro reciente de expresivo título, Frankissstein (2019), Jeanette Winterson explora el mundo robótico había hablado antes de ello, por ejemplo en Planeta azul (2008) y trata la cuestión de la sexualidad masculina de manera aterradora y bien cruda y sarcástica; un futuro que las muñecas hinchables ya anunciaron. Margaret Atwood también trató la pornografía en Por último, el corazón (2016).

Las autoras denuncian que el machismo está tiñendo el futuro de la «inteligencia» artificial y cómo puede convertirse en un auténtico horror, una desgracia y un peligro. Con sentido del humor pero sin rodeos y lúcidamente, formulan una crítica descarnada y lapidaria.

Un crítico calificó de ocurrencias disparatadas las robots sexuales que presenta Atwood en Por último, el corazón. En este momento la realidad ya va más allá de los espantos y los delirios misóginos imaginados por Atwood y Winterson en sus antiutopía. Si no lo cree, que vaya a ver Hi, A.I.