La perfecta casada. Un manual

Este librito, Mi vida con Max Beckmann, 1925-1950 (Trad. Virginia Maza. Madrid: La micro, 2018), es el manual de la perfecta casada. De una mujer abnegada y sacrificada hasta la anulación y la obnubilación. También de cómo la humanidad ha desperdiciado y desperdicia el talento, las habilidades, el saber, la inteligencia, el arte de las mujeres.

                Retrato de Mathilde (von Kaulbach) Beckmann (1932-1934) per Max Beckmann

Mathilde (von Kaulbach) Beckmann (Ohlstadt, 1904-Jacksonville, 1986) explica en estas memorias los años que vivió junto a su marido, el conspicuo pintor Max Beckmann (1884-1950); para ello, a veces se sirve de fragmentos de los diarios del marido.

Muy pronto sabremos que es, a su vez, hija de pintor y de famosa violinista frustrada, Frida (Schytte) von Scotta (1871-1948), tocó, por ejemplo, con Richard Strauss en Moscú. La autora del dietario (violín) y sus dos hermanas, Hedda (violonchelo) y Doris (viola), junto con su madre (violín) conformaban un cuarteto en toda regla, según explica ella misma.

En 1925 le ofrecieron una plaza de soprano de coloratura en la Ópera Estatal de Dresde, pero justo acababa de enamorarse de Max Beckmann y renunció, consciente de que «no podía ser la esposa de Beckmann y cantante al mismo tiempo». Más sobrecogedora fue la reacción de su madre cuando se lo contó: «Cuando llamé a mi madre para decirle que estaba prometida con Beckmann hubo un silencio…». Un silencio repleto de palabras, pues.

Las memorias son totalmente fieles al título y sólo relatan la parte de vida dedicada a su marido incluye enfermedades y miedos y su labor como intérprete, traductora y acompañante.

Algunos detalles dan el tono y la textura de la relación. Max quería que practicara los deportes que le gustaban a él, aunque a ella no le placieran.

Desde niña había montado a caballo, pero dejé de hacerlo después de casarme, porque a Max le daba miedo que pudiera hacerme daño y quería que siguiera estando intacta, que fuera «una persona de una pieza», como decía.

(¿Es más peligroso montar a caballo que esquiar?)

En una ocasión esperaban en Amsterdam —ciudad a la que habían huido con nervios y aprensión que llegaran los cuadros de él desde Alemania. Pero:

A Max le angustiaba tanto no saber si llegarían o no sus cuadros que prefirió no ir a recibirlos. Así que fui yo.

Precisamente fue una mujer, la señora Ruppelt, la portera de la casa donde vivían en Alemania, quien se enfrentó con peligro a la Gestapo e hizo posible el envío.

Quizás, sin embargo, el detalle más sangrante es cuando explica por qué no pudo despedirse de su hermana Doris.

La segunda quincena de julio me escribieron unos amigos de mi hermana Doris para decirme que su estado había empeorado. […] Me pedían que fuera a verla. Cuántas emociones encontradas. […] ¿Cómo iba a dejarlo solo sabiendo cuánto le preocuparía mi ausencia? Además, me necesitaba porque seguía teniendo problemas con el idioma en las clases. Así pues, no le dije nada sobre la carta e intenté que no se diera cuenta de lo preocupada que estaba.

Líneas en las que resuenan palabras y hechos de la escritora y traductora Zenobia Camprubí y la dependencia que de ella tenía su marido, Juan Ramón Jiménez. Por supuesto, Max queda exculpado, pobrecillo, sufrió tanto como ella:

A primera hora de la tarde del 23 de julio, el sacerdote del college vino a vernos con el telegrama que comunicaba la muerte de Doris. Max, tan afligido como yo, cuidó de mí con toda su delicadeza y cariño.

El libro va más allá de esta vida «con» y también a veces a partir de una anécdota: la estrechez de una cocina; a veces, a través de reflexiones más generales narra con temple, sentimiento y conocimiento de causa acontecimientos históricos de una época trascendental y convulsa: la huida de Alemania por culpa del nazismo, el exilio y los horrores de la guerra en Holanda. Y ya en el exilio definitivo, la vida en EEUU, especialmente en los campus, y el rico entramado cultural lleno de relaciones interesantes.

Ver como reiteradamente aprecia la inteligencia de mujeres que va conociendo y saber que, a pesar de todo, nunca dejó de tocar el violín, reconforta.

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