Entre dos hombres

Entre dos aguas de Isaki Lacuesta (España, 2018)

En Entre dos aguas, el director Isaki Lacuesta vuelve doce años más tarde al escenario y protagonistas de La leyenda del tiempo (2006). Si la primera película mostraba como los hermanos gitanos Isra y Cheíto pasaban de la niñez a la adolescencia, Entre dos aguas resigue sus vidas adultas.

Transcurre en un paraje grandioso, de una belleza indómita; un protagonista más del film. En una barriada de San Fernando, en la Casería de Ossio, que moja sus pies en las mareas de la bahía de Cádiz y la contempla toda. Realiza incursiones a Rota y el Puerto de Santa María. Aprovecha incluso el desatino urbanístico de las tres torres altísimas perpetrado en la Casería para que vislumbremos mar y dunas, caños y esteros, puentes y canales; el relumbrón de la luz en las salinas. La vida de los hermanos transcurre en un tiempo benigno. En invierno no son ninguna broma las penalidades de las mujeres y los hombres que allí viven y —si tienen ocasión— trabajan cuando salta el Levante, siempre temible y áspero, y el inclemente y salvaje Atlántico bate la costa.

Mientras la película se circunscribe a los avatares de la vida de ambos hermanos funciona la mar de bien. El problema radica en que Lacuesta pretende explicar también a partir de este caso particular la miseria y la crisis de un tiempo y de un lugar, y es aquí donde la película empieza a chirriar, puesto que su elección (está en su derecho y es muy libre de hacerlo como quiera) deja de lado completamente la experiencia femenina, las vicisitudes de unas inexistentes protagonistas.

En efecto, y en eso el film es completamente convencional y manido (incluso los diccionarios operan así), las mujeres son presentadas como meros apéndices de los hombres. Mantienen relaciones de parentesco con ellos y en ningún momento interactúan entre ellas. Comparecen tres esposas e incidentalmente un puñado de jóvenes, posiblemente prostitutas, que alegran una fiesta de narcotraficantes.

No sabremos ya nunca, pues, como la ex mujer del Isra cuida, alimenta y saca adelante tres hijas sin ninguna contribución económica ni de ningún otro tipo del presunto y frustrado ganapán. Tampoco sabemos en que trabaja la mujer del Cheíto ni lo que quiere. En un mundo en que los hombres ya no son los proveedores alimentarios principales (si es que alguna vez lo fueron en sitios como esos), sólo se cuentan las dificultades y problemas que tienen ellos —es empobrecedoramente parcial y coja—, pero no sabemos nada de cómo las mujeres —la otra mitad— tiran para adelante y sacan adelante a otras personas; cómo responden a la crisis. Cuántas se dejan seducir por el dinero fácil de la droga; hasta qué punto están dispuestas, por ejemplo, a deslomarse más que ellos marisqueando ingratas coquinas en las fangosas marismas de la bahía.

(Esta ausencia femenina, este no dar ninguna clase de audiencia a las mujeres, me hizo recordar que cada vez que he dicho que La próxima piel (2016) es una película dirigida por Isa Campo, siempre ha saltado alguien que me ha corregido diciendo que no, que era de Isaki Lacuesta (sin añadir ningún nombre más). Si decía que era de Isaki Lacuesta, ninguna voz me contradecía y vindicaba la codirección de Isa Campo; es decir, el trabajo de la directora en el film.)